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El cronista Najera, cuenta del uso de las mujeres de pequeños discos de conchas, bellamente pulidos, pero de menor estima que las llankas. Con sartas de estos elementos se hacían collares, brazaletes, pulseras, adornos para las trenzas y la cabellera. Otros artefactos usados para el mismo objeto eran caracolitos de mar y cuentas hechas de hueso.
Najera y Rosales nos cuentan que el adorno más importante para las mujeres era el Cucham. Cinta de unos cuatro centímetros de ancho y de dos varas de largo formadas por cuentas de caracolitos de mar o cuentecillas de conchas marinas, con las cuales se envolvían las trenzas y su cabellera. De este adorno, derivaron las versiones con cuentas de vidrio que se hicieron a fines del siglo XVII / XVIII y que en el siglo XIX se recaman con esferillas de plata. Además del ornato cumplían la función de mantener ordenado los cabellos
Los mapuches les designaban con el nombre de trarilonko. Ercilla los describe cómo rodete redondo de un ancho de dos dedos, que ponen en la frente y les ciñe la cabeza, son labrados de oro y llankas, con muchas piedras y dijes en ellos, en las cuales asientan las plumas o penachos que usaban hombres y mujeres.
Las plumas (lipi) tenían un valor simbólico en el ornato del atuendo y las llevaban como penacho en las cintas de la cabellera. Su valor reside en las relaciones genealógicas y mágicas entre los hombres y las aves.
Otro tocado ceremonial, denominado Mañagua, confeccionado con la cabeza y piel de algunos animales: zorros, pumas y algunas aves, tienen que ver con el origen mítico de sus linajes.
Tintes de color rojo y negro para untarse la cara y pintarse la piel del cuerpo son usados en este período.
Bivar menciona el uso de aros de cobre por los Araucanos y Guevara menciona el uso de zarcillos de piedra.
En el siglo XVI y XVII persiste el uso de los llankatus y ya en el siglo XVIII se aprecia que estos aderezos se sustituyen por otros, semejantes en el uso, pero diferentes en los elementos que los conforman. Continúan llevándose los llankatus, joyas hechas con sartas de cuentas de piedra, de tamaños y colores diferentes.
Testimonio de estas apreciaciones las dan los cronistas y que demuestran su asombro por la preferencia manifiesta de estas joyas.
Góngora de Marmolejo escribe: enviaron de presente un cesto de chaquiras (voz de origen caribeño, que utilizaban los Españoles para referirse a las llankas) que cabían en un celemín, que es entre los indios tenida en más, que entre los cristianos el oro.
R.P. Diego de Rosales nos cuenta que se trata de piedras verdes y negras con vetas de uno u otro color, que estiman más que los diamantes y esmeraldas, de que no hacen caso.
Estos adornos constituían su riqueza más preciada. Pineda y Bascuñan en el Cautiverio Feliz relata, que numerosos caciques intentaron convencer a Maulicàn, de quién era prisionero, que se los entregase para sacrificarlo. Antigueno le ofrece dos caballos buenos, dos llamas y un collar de llankas. Namoncura lo tienta con dos llamas y dos collares de llankas.
A fines del siglo XVII, los mapuches empiezan a recibir sistemáticamente en los parlamentos, cuentas de vidrios multicolores, importadas desde Europa, por las Autoridades coloniales, para agasajar a los caciques y comerciar con el pueblo Mapuche a través del incipiente trueque fronterizo que se inicia desde entonces.
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